Un día de lluvia pero sin agua

Aquel día la peor tormenta no mojaba pero sí calaba, dentro, en su cabeza. Ya no le quedaban huesos secos, fuerzas para el desahogo. Así pues, abrió la puerta y corrió, corrió mucho pero no lejos, no lo suficiente, nunca era lo suficiente. ¡Qué ironía de la vida que la mejor forma de encontrarse sea salir a perderse!

Y allí, en mitad de la nada que lo es todo, durante una breve pausa para coger aire, lo escuchó: de un conjunto de gotas de lluvia tan denso y efímero como el amor, de un espejo natural que había aparecido en la cuneta de aquella solitaria carretera, surgió una voz familiar que ya ni siquiera recordaba. Su reflejo, ese “yo” interior que todos tenemos pero que sólo unos pocos valientes se atreven a escuchar —ya sea por ignorancia o por miedo—, le dijo así:

—La lágrima que más duele es invisible a los ojos; por eso es de héroes llorar para adentro.

Safo, la decima musa

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