El rastro de Erato

Mi dulce Psique; mi tierna y liviana mariposa primaveral; mi linda joven de cabellos blondos y ojos ocres; mi fiel compañera que desecha mis decepciones a mi olvidado y oscuro Hades.

Son tantas las historias que desconoces, tantos los secretos que ignoras y tantos los engaños que se te esconden  por culpa de ese tenue velo que cubre tu mirada. Si, ese velo blanquecino y de delicada gasa que Eros te colocó con una flecha dorada. Ese que nubla tu razón, que encoge tu respiración y que provoca pasión en tu vientre cada vez que lo ves, lo oyes o, simplemente, lo sientes  invisible en tus amorosos pensamientos.

Créeme, mi dulce niña,  cuando te digo que antes que tú, mi fresca flor, antes de que la pálida azucena brotara en su Edén, la borgoña rosa ya lo había hecho. Esa que con su voz arranca suspiros; esa que con su mirada azabache derrota al enemigo; esa que con una lira embelesa los oídos; esa que con dos rimas provoca locuras.

Esa, a la que llaman Erato, conquistó el corazón de tu Dios antes de que tus alas fueran creadas y antes de que su beso te transportara.

J. M. González Vera

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