Notas de música en la punta de la lengua

Tarde de viernes, 18:00 pm, soleado. Mientras que una vivaracha, pero agradable, brisa recorre las calles del barrio,  te dices: «¡Pega merienda de pipas en el banco del parque con los colegas!». Tras llamar a la peña, robarle dos paquetes de pipas a tu tata y tener el valor, con doce años, de decirle a tu madre: «Mamá, he hechos los deberes, me voy a la calle» (cuando en realidad estás mintiéndole como una bellaca); llegas al parque y te encuentras a tu pandilla dispersa entre la chorraera*, los bancos y la pista de baloncesto, gritando y alborotando como babuinos.

Feliz y entusiasmada de verlos fuera del ámbito escolar, y deseosa de convertirte también en una babuinilla más, decides acelerar el paso, pero, justo cuando vas a poner un pie sobre la tierra batida del parque, escuchas la voz enfurecida de tu madre a tu espalda «¡La madre que te parió, ¿y tienes el valor de decirme que has hecho los deberes cuando no los has hecho?!». Te giras temerosa, por no decir acojonada viva, y te encuentras esa imagen de la mujer andaluza, con la ropa de faena, su moño a lo Lola Flores, calzada con unas zapatillas con dos pompones lilas y agitando como una loca un cuaderno de inglés con los ejercicios marcados y sin hacer. Terror es lo primero que se te asienta en la mente y descomposición lo último que se te posa en el vientre. No sin antes, como buena estratega, barajar la posibilidad de salir corriendo, pero ¿adónde irías? Si vas a tener que volver luego a tu casa para cenar. La regañina es inminente, lo mires por donde lo mires. En ese instante, como si estuvieran impulsados por una fuerza paranormal, tus colegas dejan de hacer el salvaje, se colocan alrededor de ti y comienzan a tararear la banda sonora de la película Tiburón, esa melodía tan famosa que te avisa, de forma natural, de que un peligro inevitable se aproxima. En mi caso fue una zapatilla lila que marcaba una trayectoria directa a mi cara y mi señora madre, con la mano abierta, lista para cogerme de la coleta.

Lo que quiero decir con esta anécdota, es que la música es tan importante en nuestras vidas que, sin darnos cuenta, forma ya parte de ellas hasta en los más mínimos detalles. Desde actos tan simples como coger el coche, sintonizar la radio, escuchar el Uptown Funk de Mark Ronson, ponerte a gesticular y a bailar como una endemoniada (dentro de lo que el acto de
conducir te permita), que pase a tu lado un vehículo de la policía nacional, que el copiloto te mire, que tú te pongas más pálida que el arroz, pero en lugar de pararte te siga el rollo y se ponga a bailar contigo; hasta caminar por la calle, chocarte con un muchacho espectacular, e imaginarte de fondo la sinfonía de
Love is in the air  de John P. Young o la de Oh my love, my darling de Roy Orbinson. Estas sencillas melodías convierten nuestras vivencias en películas, únicas e inigualables, además de salvarnos de las garras de la monotonía de este siglo XXI. Siempre tenemos una canción en la mente y sus notas en la punta de la lengua.

Otras situaciones donde vemos que la música es indispensable para nosotros son aquellas en las que, de repente, te asalta un tarareo que pretende convertirse en canción pero, por más que lo intentemos, se queda en un simple tralala o trilili que resuena, una y otra vez, en nuestras cabezas, llegando a convertirse en una especie de hipo mental muy molesto por la frustración que nos provoca el no saber de dónde viene esa melodía o cómo era la letra. Y, ¿a quién acudimos? Al primer amigo que tengamos al lado en ese momento. Y será gran amigo si nos resuelve la incógnita; pero un ceporro inculto y borde si el pobre no tiene ni idea o, simplemente, se te da fatal tararear y no consigue entenderte. Además de mártir por aguantar el mal humor acumulado.

Pero creo que las mejores anécdotas que nos puede dar la música son aquellas en las que tu sabia y fabulosa madre, tras habermusica 2.jpg tenido que costearte tres años de academia de inglés y haber sido testigo de que, más o menos, dominas el idioma, decide ponerte a prueba subiendo el volumen de la radio, esperando cual leona agazapada que suene una canción en inglés. Cuando, por fin, emiten una, resulta ser la de Talk Dirty de Jason Derulo, y tu madre, entusiasmada por ver tu nivel de inglés, te dice: «¡Anda, venga! Tradúcemela». ¿Cómo te enfrentas a esto? Con la excusa más barata que se te puede ocurrir en ese momento, y con la
que sabrás que tu madre no sospechará, le contestas: «Mamá, está en inglés americano y ese inglés es muy distinto al inglés británico que yo he estudiado». Colar, cuela. Pero también te puede dar el avenate honesto y traducírsela. Entonces es cuando te dice: «La juventud de hoy en día… lo primero que hacéis cuando aprendéis un idioma es aprenderos los tacos y las palabras guarras. Seguro que está diciendo otra cosa y tú, como tienes la mente como la tienes, le has dado el significado incorrecto». En aquel momento solo quise que no sonara la canción de
I kissed a girl de Katty Perry, y que mi madre me pidiera traducirla.

*En Málaga, para referirse al tobogán utilizamos esta palabra.

Autora: Jennifer María González Vera

Correctora: Paquibel Sánchez Rueda

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