Mimí siempre daba una dulce impresión

Aquella madrugada poco me importaba el frío que inundaba la azotea. Solo sabía que necesitaba estar ahí. La chaqueta podía aguantar toda esa humedad helada, y si no, mis huesos lo harían con gusto, pero como volviera a casa y escuchara otra de sus peleas, mi mente terminaría convenciéndome de que tirarse por la ventana, y acabar con la sesera desparramada en la acera, podría ser una opción tan atrayente y tan bohemia como cualquier soneto de Rubén Dario. Y por aquella época me encantaba leer a Rubén Dario.
Pero esa noche no. Simplemente me bastó, como siempre, con coger un par de gominolas, un batido de chocolate y dirigirme a la parte más alta de mi edificio. Así me aislaba durante un rato del asqueroso ambiente que había en casa. Y sé que hacía esto porque no tenía los ovarios suficientes para impulsarme al vacío desde el alféizar. Me gusta vivir. Tal vez por tener la esperanza de que creer que todo mejorará algún día o, simplemente, por ser una cobarde a la que le aterra el mundo de la muerte. Me decanto más por la segunda opción. Sé que me gusta vivir, pero también sé que no sé vivir. Y sé que más que esperanza lo que tengo es miedo, miedo de casi todo.
Pero, por aquel entonces, el azúcar y el cacao me lo quitaban, o por lo menos lo anestesiaban durante varias horas, tiempo que aprovechaba yo para observar la ciudad  en su sinfonía nocturna. Me gustaba verla así, emporrada de azúcar hasta las cejas, imaginando mi vida perfecta en ella, solitaria y alejada de mi madre y de mi padre. Ya deberían de ir por la fase tres: ignorancia mutua y elaboración de un plan para hacerme partícipe de sus estúpidas peleas. Al día siguiente, me tocaría a mí ración de gritos por partida doble. Y, como siempre, lo soportaría callada y sumisa. Por miedo. Siempre mi puto miedo.
Me desplomé llorando como una niña sobre el murete desde el que observaba la ciudad, mi ciudad, bajando ahora la mirada hacia la acera sobre la que se alzaba mi edificio. Allí se encontraba mi batido, reventado y desparramado, incluso él había tenido más valor que yo, aunque se hubiera servido del viento helado para dar el paso definitivo, pero para mí ese viento no era suficiente. Me aclaré la vista secándome las lágrimas que aún no habían salido de mis ojos, y fue entonces cuando la vi con nitidez.
Inmóvil, de pie y con la vista clavada en mí. Su larga melena se movía ávida al son del viento nocturno. No supe exactamente qué sensación, ni qué sentimiento, recorrían su mirada, la oscuridad me lo ocultaba casi todo de ella. Pero intuía que no debería ser una mirada de agrado, ya que mi batido descansaba en paz a varios centímetros de ella, y lo más seguro es que me estuviera reprochado que casi le diera. Pero para mi sorpresa, ya que me esperaba escuchar varios gritos e insultos por su parte, vi que solo alzó la mano a modo de saludo y sonrió. Sonrió de un modo tan sencillo y único que ni todo el azúcar que llevaba en el cuerpo podría igualar la dulzura que ella desprendió con aquel gesto tan simple. Luego, desapareció en la urbanización contigua a la mía.
Y ese fue mi primer encuentro con ella, tan sencillo y único como ella misma. Tan especial como Mimí. Mi dulce Mimí.

Autora: J. M. González Vera

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