El brillo inagotable de una estrella: Santiago Fernández Ardanaz

Tal ciencia incierta es el hombre que imprevisibles son sus acciones. De granito se solidifica su pasado, en barro fluye su presente y en polvo vuela su futuro. En él nunca se garantiza nada y, como si fuéramos planetas de órbitas cambiantes y sin rumbo, rotamos alrededor de un universo de incertidumbres, donde una decisión puede ampliarlo o destrozarlo todo.

Pero hay astros y astros: de apariencias diferentes, de propiedades inusuales, e, incluso, de luces desiguales; unas más brillantes que otras y, otras, dispuestas a ponerse al servicio del resto para iluminar cualquier rincón donde se esconda la duda. Me refiero con ello a los humanistas.

Hoy queremos rendir homenaje a Santiago Fernández Ardanaz, uno de tantos brillantes humanistas españoles que decidió emplear gran Santiago Fernández Ardanazparte de su vida a la Historia y a la Antropología, esas doctrinas que se encargan del estudio de los aspectos físicos y las manifestaciones sociales y culturales de las comunidades humanas.

Partiendo de una base donde la historia mater et magistra est ‒la historia es madre y maestra‒, Santiago Fernández Ardanaz dedicó su tiempo de juventud en adentrarse en los estudios clásicos e históricos. Pasó estos años de oro entre libros y libros, entre el griego y el latín, entre toda esa historia que el ser humano había escrito y protagonizado desde sus orígenes. Mas, para él, no fueron suficientes y, como buen humanista, hizo hueco para otras ciencias como la Historia de las Religiones o, incluso, el Periodismo, la vía principal con la que el ser humano se comunica y el arma más potente que posee.

Tal luz emitía su ingenio y mente que pronto se adivinó que los hados le reservaban a Santiago un destino estelar. Pronto, España se le quedó pequeña y comenzó a formarse en otros países europeos como Alemania e Italia. Durante muchos años, fue corresponsal en Roma para medios periodísticos españoles de primera línea. Cuanto más se formaba, más ansias de conocimiento y saber adquiría su espíritu, y más deseaba compartir todos sus descubrimientos e investigaciones con el resto del mundo.

9788437624150-us-300Tras su etapa en Roma, se asentó como profesor universitario en la Universidad Miguel Hernández de Elche, pero también se despertó en él la faceta de escritor. Comenzaron así innumerables artículos sobre las civilizaciones antiguas que habían vivido alrededor del Mediterráneo miles de años antes que nosotros, libros sobre religiones ya olvidadas, misceláneas sobre culturas y tradiciones arcaicas…, todos ellos con la función de transmitir saber e historia, de transmitirnos lecciones y consejos para evitar errores que ya se cometieron mediante la mano humana.

Es sabido que, cuando una estrella se apaga, su luz sigue viajando a través del espacio durante miles y miles de años; pues en la Tierra, en la comunidad de las ciencias humanas, sucede exactamente lo mismo con grandes humanistas de almas equiparables a dichos astros: su sabiduría seguirá brillando e ilustrando. Es por esto que nuestro deber es, no solo preservar, salvar y utilizar, con la mejor intención y fin, estas luces, sino también recordarlas y darles el reconocimiento que se merecen.

Por eso, hoy rendimos homenaje a Santiago Fernández Ardanaz, observando su estela desde una visión más entrañable, personal y familiar que, a continuación, nos cede el profesor Santiago Castellanos; y desde una visión más profesional y académica, la cual he tenido el honor y el placer de ser la encargada de redactar.

No podemos olvidar que, sin cuidar la luz que se nos brindó en un pasado, no podremos crear en el presente una luz mucho más potente para iluminar el futuro.

En Málaga, España, a 18 de julio de 2016.

Jennifer María González Vera.


–¿Se va Santi, abuela? –preguntó la niña, María Luisa, a su abuela Luisa.

El muchacho se marchaba de casa en Moreda, un pueblecito de Álava. Transcurrían los últimos años de la durísima década de los cuarenta. Luisa estaba triste porque uno de sus hijos, Santi, se iba a estudiar fuera. Gracias a su inteligencia y a las becas pudo ser posible.

Aquella niña, María Luisa, es mi madre. Más de sesenta años después recuerda bien cómo su tío, en realidad criado con ella como un hermano, marchaba subido en un caballo, y cómo su abuela Luisa se resignaba a perder a su niño Santi. Aquel niño de nueve años subido a un caballo iba a estudiar…  ¡Y ya lo creo que estudió!

Sus múltiples licenciaturas y doctorados, su conocimiento de lenguas muertas y vivas, su brillante carrera académica en distintos países, su destacadísima profesión periodística, especialmente su corresponsalía en Roma y en el Vaticano durante tantos años…

Una alumna de Estudios Clásicos de la Universidad de Málaga, Jennifer M. González Vera, se ha encargado de desglosar algunos de esos aspectos, y quiero hacer público mi agradecimiento por su extrema amabilidad. En fin, deseo compartir aquí solamente algunos de los recuerdos sobre Santi, Santiago Fernández Ardanaz, en este blog sobre cultura y estudios humanísiticos.

Muchos años después de que Luisa y su nieta María Luisa vieran marchar a Santi, ella, María Luisa, estaba a punto de dar a luz. Su abuela estaba cuidándola porque, entre nosotros, lector, era su nieta preferida.

Decía Benedetti que la muerte es una traición de Dios. Será; no lo sé. Luisa se cayó por las escaleras, y el golpe fue fatal. Santi regresó apresuradamente de Roma: su madre falleció. Al instante, fue al hospital a visitar a su queridísima sobrina. Era un 25 de julio de 1971, el día de su propio cumpleaños y también de su onomástica. Acababa de morir su madre. Dicen que a veces las fechas se repiten para las tragedias. En el hospital, recuperándose del parto, María Luisa había oído que su abuela se había caído, pero no sabía nada más.

Al ver a Santi recién llegado de Roma, y entrar por la puerta de aquella habitación, le preguntó, mientras él se acercaba a la cama para cogerle la mano:

-¿Cómo está?

-Está muy bien… está en el cielo… y te ha dejado este regalo –contestó él con una entereza que aún sobrecoge, señalando al bebé que María Luisa tenía en brazos.

Ese bebé era yo.

Mis recuerdos de Santi se remontan a los veranos, cuando él y Cecilia, su esposa, y luego ya con sus hijas, Amaya e Itzíar, venían de Roma.santiago_1

Este blog es un referente de la difusión actual en Internet del mundo de las Humanidades en todos sus aspectos, desde el mundo clásico hasta el rock o el punk, pasando por la novela, la poesía, el teatro, la pintura… y la Historia. Quiero trasladarte, lector, la impresión que a un niño de los años setenta le causaba oír, y sobre todo escuchar, a aquella persona tan maravillosa.

Hablaba de política y de Historia. Sobre todo de Historia. Claro que el niño que era yo entonces no sabía nada de los romanos (no nos engañemos, ahora tampoco…), solamente había visto alguna película, y poco más. Para aquel niño, los romanos eran Robert Taylor o Peter Ustinov, por aquello de la versión de Mervin LeRoy de la novela Quo Vadis de Sienkiewicz, que todos veíamos. Pero Santi relacionaba la política con la Historia, lo mismo hablaba de la historia de Oriente Próximo para entender las guerras, que de los romanos o los griegos, para comprender el mundo de finales de los años setenta.

Pasaban los años. Escuchaba sus comentarios sobre el Vaticano, en el que era corresponsal, sobre España, Italia, Alemania, Estados Unidos. Sobre ETA. Sobre Israel y Palestina. Sobre tantas y tantas cosas…

En los veranos, los mayores preparaban algo tan nuestro, tan de nuestra tierra, como chuletillas a la brasa de los sarmientos de las viñas, de las viñas de la familia, en las que de niños tanto habían jugado Santi y sus sobrinos, a coger conejos, sobre todo. Y el vino. El vino riojano, que tanto nos ayuda en la vida, a compartir conversación, a convivir.

Recuerdo aquellas comidas, meriendas y cenas, que se juntaban todas en una, durante horas y horas, escuchando a los mayores. Y, sobre todo, a él. No entendía todo de lo que Santi hablaba, claro, pero se me quedó grabado a fuego en mi mente la sonoridad de sus palabras, su dulzura, la mirada a la que mi madre tantas veces se sigue refiriendo. Porque Santi sabía mirar. Y sus manos. Porque comunicaba con todo su ser, y transmitía sabiduría, bondad, humanismo. Fue así siempre.

Años después, siendo yo adolescente a punto de ingresar en la Universidad de Salamanca, me explicaba en la cripta de la basílica paleocristiana de San Clemente, en Roma, en realidad un santuario al dios Mitra, cómo el cristianismo se había forjado sobre la base del clasicismo. Siempre recordaré cómo resonaban sus palabras, suaves, pero cargadas de información, de ciencia en definitiva, en aquellas estancias silenciosas a decenas de metros bajo el suelo:

-Estas cosas no te las enseñarán habitualmente, se suele estudiar lo que está arriba, pero no esto.

¡Buff, Santi, qué razón tenías!

No pude estar presente en sus últimas horas, hace unos meses. Mi mamá y mi papá sí. Y pudieron comprobar cómo en su despedida mantuvo la misma calma, la misma serenidad que tuvo siendo un chiquillo montado en aquel caballo mientras Luisa y María Luisa lo veían marchar.

En la Universidad de Notre Dame, Estados Unidos, a 3 de mayo de 2016.

Santiago Castellanos.


Autores: Santiago Castellanos y Jennifer María González Vera

Correctora: Paquibel Sánchez Rueda

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