Mutó la Malagueta bajo las llamas del dragón

20160825_001733Recuerdo que mayo se presentaba cambiante. Algunas tardes hacía frío, otras eran demasiado secas y otras, demasiado húmedas. No cabía duda de que el verano comenzaba a hacer de las suyas en la costa malagueña y, aquella noche, el sueño se me escapaba una vez más. Viendo que el dormir se me resistía, decidí reactivarme y hacer algo productivo para aprovechar las horas muertas que iba a pasar intentando descansar, pero necesitaba un aliciente para deshacerme de la torta que llevaba encima, un pequeño duende que siempre me ayuda a reavivarme.

«¿Coca-cola? ¿Café? ¿LSD?» pensareis algunos. Tranquilos, no os hagáis daño, yo os doy la respuesta: «Rock and Roll». Efectivamente, no hay nada más práctico para reactivar la circulación y hacer trabajar al cerebro en un rendimiento brutal, hasta extenuarlo, que el rock.

No soy muy constante, y esto es aplicable también a mis preferencias por los artistas que han vivido por y para este género de música que, cada vez, se agranda un poco más, llenándose de millones de matices nuevos. De hecho, creo que no tengo un favorito, ni me considero fanática de alguno. Pero, como todos, poseo esa fibra que solo vibra con ciertas voces. El Mägo de Oz, Bon Jovi, ACDC, Lacuna Coil,  el mítico Freddy Mercury, Guns N´s Roses, Celtas Cortos, Nirvana, Linkin Park, Vetusta Morla, Motörhead, Babasonicos, Muse, Héroes del silencio y, por supuesto, Bunbury son varias de esas leyendas que, a mi gusto, poseen ese poder de dar vida a ritmo de rock.

El reloj digital marcaba las 2:17 cuando, en un giro mal calculado sobre mi silla, desconecté sin querer los auriculares de la torre del ordenador, dejando a  Lemmy Kilmister cantar a sus anchas en el silencio de la noche The game. Fueron solo unos segundos, los justos para que vocalizara el verso I am control, no way you can change me. Tras eso, el zapatillazo en la cabeza fue instantáneo. Se ve que mi madre también era el control en la muda madrugada. Después de varios golpes más de zapatillas ‒los cuales juraría que iban al ritmo de la batería de Mikkey‒ conseguí apagar el reproductor de música, dar gracias porque no estuviera sonando Rock n´Roll o Ace of Spades, y ver cómo mi madre se alejaba murmurando «¡Vas a caer mala con esa música! ¡Normal que no duermas!».

A las 2:26, el silencio y la calma volvieron a reinar por todas partes. Por todas, menos en mis oídos, donde, esta vez a través de unos auriculares bien asegurados, sonaba la voz de Bunbury con Apuesta por el rocanrol y, al mismo tiempo, la luz de mensaje entrante se encendía en mi móvil. Abrí el chat y recuerdo encontrarme con esto:

20160825_002124«¡Me alegra ver que padeces  insomnio, porque no aguanto hasta mañana para decirte esto!: “Pon dos clavos a mis alas…”» me escribió un amigo. A lo que le respondí:

«”¡¡Veneno que apague mi voz, si me quieres callar!!”»

«Pues conserva esa voz que en agosto, tu Bunbury, pisa tu tierra. Celebra sus tres décadas en el gremio con una gira, y Málaga está incluida como destino.»

En aquel momento, me paralicé. No supe qué hacer, dónde investigar para ver si esa información era cierta ‒o si me estaba tomando el pelo‒  y cómo informarme de dónde se venderían las entradas para el espectáculo. Incluso, recuerdo que me entró más calor del que ya tenía.

Conseguí centrarme, averiguar que, efectivamente, Bunbury visitaba Málaga con su Tour Mutaciones 2016 el día 6 de agosto y, acto seguido, compré las entradas sin pensar.

Los meses se sucedieron y, por fin, llegó agosto, pero lo hacía con una mala noticia: Bunbury aplazaba su concierto hasta el día 24 por una faringitis. El cantante anunció su indisposición días antes en las redes sociales y, casi instantáneamente, los mensajes de apoyo, cariño y deseos por ver que esta dolencia sanara sin problemas inundaron la red. «En la vida, lo bueno se hace esperar» suele decir mi abuela, y, el pasado miércoles, comprobé que es cierto.

A las nueve de la noche la Malagueta rezumaba vida. He de decir que me esperaba muchísimas  menos personas al tener lugar el concierto entre semana, pero me equivocaba. La gente se presentaba un miércoles dispuesta a darlo todo, a dejarse la piel en el ruedo hasta la madrugada y a volver a renacer un jueves para seguir luchando por lo poco que tenemos. Ese es el amor que los malagueños le mostramos a Bunbury.

20160824_232013.jpgLos minutos pasaban y la espera se hacía eterna. La cerveza ‒si a eso se le podía llamar cerveza‒ no calmaba las ansias de cantar, de gritar, de disfrutar, de ver a Bunbury en directo; no, todo lo contrario: las aumentaba. El ruedo se llenaba cada vez más, al igual que el tendido, por poco no se completó el aforo. La garganta nos picaba y las escamas nos ardían bajo la piel, estábamos listos para mutar. Y, a las 22.30, el dragón ardió.

Bunbury apareció entre luces anaranjadas, rojas, amarillas y blancas, con el rostro oculto tras unas gafas negras de aviador y, como rugido, vibraba Iberia sumergida en sus cuerdas vocales. El ruedo se vino arriba y el tendido tronaba al son de la voz de Bunbury, a la que acompañaron en todo momento las cientos de voces de los que allí nos encontrábamos. He 20160824_223626de confesar que memorizar las letras de las canciones no es mi fuerte, pero aquella noche ocurrió algo místico que jamás me había ocurrido antes. Fuera por el positivismo que se palpaba, la energía, el furor, la felicidad, la emoción ‒incluso podría ser cierto que aquella cerveza sí que llevara alcohol‒ o por lo que fuese, comencé a cantar recordando perfectamente la letra, sin fallar ni un solo verso. Además, recuerdo que varios nos mirábamos sorprendidos  con cara de: «cómo es posible que me la sepa perfectamente si en mi casa soy incapaz de cantarla en condiciones». Un hecho minúsculo y que puede parecer insignificante, pero que nos hizo sentir libres y conectados a un todo rebosante de potencia. Esa noche, nos sentíamos capaces de engullir al mundo.

Las canciones transcurrían y, entre ellas, los mensajes de disculpa por la cancelación de la fecha original del concierto y su aplazo, a los que se sumaban el perdón del público a grito de: «¡No te preocupes!», «¡Lo arreglamos esta noche!» o «¡Lo solucionamos luego en mi cama!». Todo quedaba perdonado, pero demandábamos más música y más Bunbury, y se nos concedió.

Al ritmo de palmas, gritos, piropos, alabanzas y silbidos, se nos daba más y más. Retumbó entonces Dos clavos a mis alas, la canción que lo inició todo para mí y la que me permitió vivir y disfrutar aquella locura. Canté como nunca lo había hecho, levanté las manos como si se me fuera la vida en ello y respiré como jamás había respirado. Me sentía mutar por dentro y por fuera, al igual que todo aquel que se encontraba a mi lado. La sincronización comenzaba a ser perfecta.

20160824_232051La noche pasaba animada por nuestra excitación y Bunbury cada vez la alimentaba más. Nos deleitó con su guitarra, su cambio de vestuario, con el talento y la profesionalidad de sus compañeros y su equipo, y con éxitos que Málaga no volvía a escuchar desde hacía casi dos décadas, como Avalancha, entre otras tantas; pero la reina de la noche fue Maldito Duende, con la que amanecimos a lomos del dragón. El ruedo se volcó con ella, y más cuando Bunbury decidió acercarse al público del lateral derecho del escenario, donde comenzó a saciar las ganas de caricias que demandaban las manos alzadas de sus seguidores. ¡Fue una lástima que yo me encontrara en el lateral contrario!

Tras casi despedir definitivamente la noche y dar paso a la madrugada del 25, la pequeña Lady Blue nos bajó las estrellas y los astros, los cuales se incrustaron en los ojos del público en los que, Bunbury, se proclamaba el Sol central de aquel cosmos. Sonando las doce en el reloj de la Malagueta, pasada ya la hora y media de concierto,  Bunbury comenzaba a despedirse de su entregado público cual Cenicienta obediente. Pero, lo que no sabía el Hada Madrina, era que esta 20160824_233820Cenicienta es un poco más gamberra que la original y solo se despidió para volver con un cambio de vestuario y seguir entregándose por completo a su público que vociferaba su nombre.

Con sombrero y pañuelo al cuello, Bumbury nos hizo bailar al ritmo de , donde ya daba igual si los que estábamos allí nos conocíamos entre nosotros o no: nos unía el dragón y las ganas de saltar, eso era más que suficiente, no necesitábamos nada más.  

La chispa adecuada se prendió en la Plaza de Toros y, en esta, Bunbury dejó al público ser el20160825_000732 verdadero cantante de la Malagueta, deleitándose, esta vez, él mismo, con las voces unidas a coro que le mostraban el cariño que, con el paso de los años, su esfuerzo y su trabajo, se había ganado en esta localidad.

Llegaba la hora de poner el broche de oro al espectáculo e, irremediablemente, los gritos de «¡No te vayas!», «¡Quédate un poco más!» o «¡Sigamos hasta las seis y te quedas a dormir en mi casa!» se sucedieron cuando la dulce melodía de Y al final resonaba anunciando el fin de la visita de Bunbury.

Con la tristeza en las escamas, el dragón revivió las ascuas por última vez en un vals que terminó de atar y fundir la mutación que había comenzado a principio de la noche. Creando, así, otro reptil que lo esperaría contento, resistiendo a todas las vueltas que sean necesarias y aguantando, de pie, a que vuelva para envolver, una vez más, a Málaga con las llamas de la música de Bunbury.


Autora: Jennifer María González Vera

Correctora: PaquiBel Sánchez Rueda  

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