SINE METU AD DEMENTIAM

Llovió la aburrida rutina en mi mesa.

La porcelana se empapaba,

los dulces y pastas se agriaban,

y mi té se enfriaba.

 

Cedió vencida el ala de mi sombrero,

ante las monotonías.

Ya por mis venas no fluían

ni mercurio, ni alegría.

Cedió el alocado ánimo de mis egos,

ante las voces sensatas.

Ya los naipes eran cartas,

donde perdía, o ganaba.

Cedió el rudo escritorio del acertijo

ante las garras del cuervo.

Ya, alrededor, todo es cieno,

no entran locuras, ni juegos.

 

Se resquebrajaba la cubertería,

se deshilachaba la mantelería.

Desaparecía mi sombrerería.

 

No había esperanzas, y seguían los miedos.

 

Y aún sin ser primavera, apareciste.

Con tus orejas largas, pardas,

tu sonrisa fuerte y gallarda,

y ojos de agua clara.

 

«Hágase un nuevo sombrero,

y luego, bailemos»

 

«¿Y que me juzguen de loca,

entre luces y sombras?»

 

«¿Conoce usted, Sombrerera, cuerdas felices,

que no se preocupen por que las vigilen

y no se aten al miedo de que las humillen?»

 

«Solo una pregunta más, Señora Liebre:

¿Prefiere salsa o merengue?»

 

«A mi juicio libre,

no hay nada mejor que un té verde».

 

JM González Vera

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