El caminante de los girasoles

-¡Vamos, corre! Ya debe de estar en las colinas.

Mis pies volaban tras los suyos intentando seguir su ritmo. No sabía dónde me llevaba, pero madre dijo que no me separara de mi hermano. A madre siempre se le hace caso.

-¡Vamos, tonta!

No paraba de gritarme. Sabía que estaba nervioso, mucho, creo que íbamos a hacer algo que a madre no le gustaba: ver al caminante de los girasoles. Todas las noches mi hermano me hablaba de él antes de dormir, cuando no nos escuchaba ni padre, ni madre, ni nuestros hermanos mayores. Era un secreto porque los locos son peligrosos y a los mayores no les gustan los locos, y nos regañan cuando hablamos de locos o somos locos. Por eso no hablábamos del caminante de los girasoles: porque decían que estaba loco.

-¡Mira! – me susurró – Ahí está.

Arrancaba girasoles y los juntaba en un ramo, paseaba, pero no hacía cosas de locos. No comía tierra, ni se revolcaba en el barro, ni siquiera devoraba girasoles.

-Eso no es un loco, solo un hombre. Madre dice que los enamorados cogen flores.

-¡Cállate, tonta! ¡Está loco y es pelirrojo! Es el diablo.

-¡Eso es un hombre!

-¡Qué no!

-¡Qué sí!

Nos peleamos. Mi hermano era mayor, por eso me empujó y caí por la colina hasta el campo de girasoles. Me raspé la rodilla y lloré. Mi hermano no vino, no bajó a ayudarme ni a pedirme perdón, ni a darme un beso en la rodilla. Me quedé sola, hasta que vi la sombra del caminante de los girasoles a mi lado.

Me miró. No habló. Tal vez lo que le pasaba era que no sabía palabras y por eso estaba solo. Por eso cogía girasoles, para poder hablar con las flores: ellas tampoco saben palabras.

-¿No sabes hablar?

-Tal vez no, pero creo que sé hacer algo mejor: pintar.

-¿Qué es pintar?

No habló más. Sacó un pañuelo de su bolsillo manchado de muchos colores: verdes, azules y amarillos; parecía la noche hasta que secó la sangre de mi rodilla. Me puso de pie, me sacudió el vestido, me quitó ramitas del pelo y me llevó al sendero por el que había venido. Me regaló un girasol, lo cogí y comencé a andar hacia casa. Luego le escuché gritar:

-¡Pintar es amar sin palabras!

 

J. M. González Vera

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