«Es importante que los cómicos tengan un lugar para practicar sus textos»

Actualmente, la comedia goza de un momento dulce en España. Por nuestras ciudades se multiplican los locales que ofrecen espectáculos de humor; las nuevas televisiones por internet cuentan en su oferta con numerosos cómicos y muchos de ellos también hacen el salto a la gran pantalla.

Sin embargo, hasta hace unos 20 años, el humor en España consistía únicamente en hacer chistes, al margen de las películas de comedia. Mi invitado de hoy, Jorge Segura (Madrid, 1977) fue una de las personas que hicieron ese gran esfuerzo de importar el modelo americano de la stand up comedy. A través de los micros abiertos que ha creado, los humoristas que viven en la capital tienen la oportunidad de ejercitar sus textos ante un público real y, así, convertir la experiencia en grado.

Como muchos cómicos, Jorge es un hombre polifacético: además de monologuista, ha sido guionista para programas como Cruz y Raya o Sabías a lo que venías, hace versiones de blues, jazz y Frank Sinatra, y hasta ha sido cámara en alguno de sus programas. Aun así, la experiencia con la fama de su primo, Santiago Segura, le ha hecho receloso de los grandes medios y prefiere mantener un perfil bajo. Por ello, desde hace diez años es presentador del Madrid Comedy club, que recientemente ha cumplido diez años. Allí da oportunidad a decenas de cómicos para que puedan ensayar sus espectáculos.

Para conocer mejor a Jorge, viajo al epicentro de los monólogos en España: el pintoresco barrio de Malasaña. Allí me cita en uno de los locales donde tiene lugar su proyecto de monólogos, el Agrado Cabaret. El primer pase de la noche concluye y el local se vacía de espectadores hasta el siguiente acto. Subimos la iluminación, bajamos la música y empezamos a charlar.

 

¿Cómo eras de pequeño?

Jorge Segura: Era más bien tímido; lo que pasa es que siempre me juntaba con los más gamberros de clase. Admiraba al que soltaba la coña en alto, pero yo no era normalmente el gracioso. Recuerdo a uno que se llamaba Martín, que era medio gitanillo, y una vez la profesora de Ciencias Naturales dijo que había examen y él dijo « ¿Pero es tipo test? », respondió que no y dijo «¡Oh, no! ¡Es de los de pensar!». Tenía cosas así, muy frescas, que me hacían mucha gracia.

 

¿Cómo empiezas a tener contacto con el mundo del humor?

J.: Faemino y Cansado siempre fueron una importante referencia. De hecho, yo empecé en el humor haciendo un dúo cómico con Dani López, que luego también fue cómico de Comedy Central, y nos llamábamos Fulanito y Menganito. Nos gustaba el rollo absurdo, pero con más crítica que Faemino y Cansado. Hicimos un espectáculo con muchos sketches sobre la historia de la humanidad, como Einstein y tal; el más polémico era uno sobre Jesucristo. Era muy arriesgado porque salía Dani López vestido de Jesús, sin camiseta, gritando: «Romanos, hijos de puta» y acaba cantando en voz alta: «Agrupémonos todos en la lucha…» [risas], y el romano que había al lado, que era yo, le pegaba un latigazo, se callaba y le decía: «¿Ves? Eso es lo que te ha perdido a ti: la boquita». A mí me parecía muy gracioso, pero hace 20 años era muy provocador hacer eso.

Más tarde, fuimos a hacer un cameo en una obra de la universidad, pero justo en la facultad de al lado estaban grabando un especial de monólogos de Comedy Central, que en aquel momento era Paramount Comedy. Nos acercamos a preguntar si podíamos grabar nuestros sketches y nos contestaron que solo buscaban monólogos. Nos preguntaron si teníamos y nos quedamos callados, lo que nos delató, y unos segundos después les respondimos: «claro, mogollón» y nos pusimos a escribir. Ahí fue cuando empecé con los monólogos, precisamente grabando. De hecho, mi primer espectáculo fue para Paramount Comedy. Cuando yo empecé había tan pocos cómicos el canal era muy joven y me acuerdo de que un día faltó un cómico y me hicieron una prueba y tuve que utilizar una chuletilla porque era la primera vez que ese texto lo escuchaba alguien.

En mi primer año grabé cinco, que es una locura, y ya me di cuenta de que tenía que formarme más.  

 

Es en ese momento cuando te empiezas a mover por ciudades estadounidenses como Chicago, Nueva York y Las Vegas. ¿Qué aprendiste allí sobre el espectáculo?

J: Realmente fui a aprender porque tenía cargo de conciencia por haber grabado cinco monólogos en Paramount Comedy sin tener idea de comedia. Allí fui a distintos micros abiertos a que me dejaran participar. Vi cómo lo hacían y adapté esa fórmula a España para hacer el primer micro abierto, el Open Mic. Lo adapté porque allí, para poder participar tres minutos en el Gotham Comedy Club, en Nueva York, había que pagar como 20 euros de entrada, pero además tenías que llevar a cuatro personas que pagaran 20 euros cada uno. Si te pasabas de esos tres minutos, te metían en una lista negra y no volvías a actuar allí, así que aquí lo flexibilicé. De hecho, los que venían a actuar no tenían que pagar y, además, se les daba una consumición de cortesía. Ahora es muy normal, pero en aquella época la gente a la que invitaba al micro abierto preguntaba cuánto le iba a pagar. Yo tenía que explicarles que era voluntario, algo así como un gimnasio en el que podían probar sus textos.

Con los años surgieron más open mics y ahora ya hasta me llaman algunos cómicos preguntándome si tengo algún hueco y me dan las gracias cuando les digo que se vengan. Ha cambiado el rollo: ahora la gente sabe lo importante que es para un cómico tener un lugar en el que practicar sus textos.

De estos monologuistas estadounidenses, ¿quiénes te influyeron más?

J: Si tuviera que ponerlos por orden, el primero sería George Carlin. Me influyó antes de que lo conociera todo el mundo y me leí hasta los libros que sacó. Me encantaba su rollo. También diría Dennis Miller, sobre todo más hacia los 70.

De los actuales, uno de mis favoritos ahora mismo es Bill Burr, pero tampoco tengo mucho tiempo ahora porque tengo un montón de cosas que hacer y, además, tengo dos hijas.

 

¿Qué diferencias, en el tipo de humor, observas entre EE.UU. y España?

J: En España la gente está siempre deseando ofenderse. Están acostumbrados a un humor blanco, rollo televisión española a las diez de la noche. Cuando es un humor más arriesgado, la gente tiene ganas de tomarlo como causa que defender. Sin embargo, en EE.UU. tú puedes decir cualquier burrada que la gente asume que estás en un escenario y es comedia. Ese código aún no se ha alcanzado en España.

Cuando fui allí en el año 2000, yo abrí un show de la siguiente manera: «Estoy encantado de estar en EE.UU. porque he viajado por todo el mundo, pero es la primera vez que estoy en un país que no tiene lengua propia». Algunos se reían, otros te abucheaban, pero todo dentro de un ámbito de coña.

Por ejemplo, ahora actúo en inglés una o dos veces al mes y hay un chiste que hago: «Hola, soy español. No sé si lo sabéis, pero España es el México europeo». Esto es un chiste dirigido, sobre todo, a los anglosajones. En España se ofendería mucha gente.

 

Se te considera el pionero del stand up comedy en España. ¿Cómo se produjo esa importación?

J: Al principio había mucha confusión porque veníamos de gente que contaba chistes. Luego empezó a surgir gente que empezó a contar historias. Luego hubo gente que, igual que todo el mundo cuenta chistes, pues pensaba que se podían contar historias de otras personas. Entonces hubo muchos líos por el tema de los derechos de autor. Sobre todo en el sur hay mucha tradición de contar chistes, con lo cual no ven tan grave el hecho de coger monólogos de otros cómicos como en Madrid.

 

Hace 10 años creaste el Madrid Comedy Club. ¿En qué consiste este proyecto?

J: Todo empezó en una sala que se llama Triskel, en Malasaña. En el sótano nos dejaron a algunos cómicos que probásemos las cosas que se nos habían ocurrido. Habría unas cuatro o cinco personas, la mayoría borrachos.

Cuando volví de EE.UU., allá por el 98, introduje el nuevo formato, que consistía en tener un espacio con un público real, nada de primos o amigos, para probar algo que se te ha ocurrido de cara a un monólogo en televisión o en algún otro sitio donde va a haber gente que no te conozca.

 

¿Qué temas te gusta tratar en los monólogos?

J: Me gusta tratar las cosas que me llaman la atención en cada momento, pero en los últimos años he tendido a experimentar cada vez más de cara a tener más material. Está muy bien porque al final se convierte en una forma de vida. Por ejemplo, un día la novia de un colega empezó a cantar y lo hacía muy mal. Cuando terminó, miré a mi colega como diciendo: «Sabes que voy a decir algo» y mi colega, con la mirada, me decía: «Llevaba años sin novia, no la cagues ahora», así que me dirigí a ella y le dije: «¿Te has planteado alguna vez cantar a nivel profesional?» y me empieza a decir: «Pues hace tres años…», la corto y le digo «Ni se te ocurra; no pierdas más el tiempo». Yo me descojoné porque desde fuera me pareció una escena graciosa, pero en el momento era violento para mi colega y ella se quedó pillada, así que le dije que era broma. En esos momentos saco el carné de cómico. Luego esas cosas las cuento. Es mejor la comedia desde la vivencia, antes que contar algo totalmente inventado.

 

Eso he podido notar en tus monólogos, que utilizas un humor bastante troll. ¿Es esta mentalidad la que está detrás de la idea del Cómico suicida?

J: Gustavo Biosca y yo nos conocemos desde hace ya demasiado y estuvimos colaborando juntos en la sección de El cómico suicida. Compartimos muchas cosas y una de las principales es el trolleo. Muchas veces nos picamos a ver qué hacemos. De hecho, hicimos una historia en Youtube llamada Yo soy la ley con la premisa de que cualquier persona con un casco de obra y un chaleco reflectante se convierte en el auténtico jefe de la calle, así que nos fuimos al puente de Toledo, que es peatonal. Pusimos una banda de no pasar y a Gustavo Biosca y a Manu Kas con casco y chaleco reflectante diciendo que no podían pasar excepto por un huequecito que habían dejado expresamente para que pasase la gente.

Lo que me gusta del trolleo es que la mayoría de la gente es un rebaño, y es muy difícil desde dentro del rebaño ver matices; lo que intento con el trolleo es que la gente se fije en los detalles. Por eso tengo ese objetivo de sacar a la gente de su rutina. Me parece lo más bonito que se puede hacer con alguien.

Hace poco, Danny Boy y yo decidimos hacer un Mannequin Challenge extremo y un día que había partido en el Bernabéu y estábamos actuando al lado, en la sala Moby Dick, había mogollón de gente intentando aparcar, así que cogíamos un coche bien aparcado y hacíamos como si fuéramos a abrir la puerta de piloto para irnos, y cuando venía alguien y nos preguntaba: «¿Perdona, te vas?». Nos quedábamos quietos y ahí empezaba el reto. Ganaba el que estuviese más tiempo sin que le dieran una hostia.

 

No solo haces monólogos. También has trabajado como guionista para Cruz y Raya en su última temporada juntos. ¿Qué recuerdas de esa experiencia?

J: Fue como un divorcio de papá y mamá porque los guionistas trabajábamos para los dos, pero ellos estaban empezando a tener sus roces. Yo estoy muy agradecido de poder haber vivido esa temporada porque, aparte de que hicimos un récord de audiencia en el especial de Nochebuena, me dio la oportunidad de conocer a unos guionistas que me enseñaron mucho, sobre todo Javier Jurdao y Ricardo Groizard, dos guionistas de televisión y cine.

Luego también estuve de guionista para Santiago Segura en Sabías a lo que venías. También trabajé con Ángel Rodríguez, exportavoz del gobierno de Aznar, no el de los Mojinos Escozíos [risas].  

 

Es un programa que se caracterizaba por tener un humor particularmente manchego. ¿Por qué tuvo tanto éxito entonces a nivel nacional? ¿Hay distintos tipos de humor dependiendo de la región?

J: Sí, hay diferencias en tipos de humor. Te sorprendería saber que en León o, incluso, Galicia hay mucha más tendencia al humor negro. Sin embargo, luego te vas al País Vasco y el sentido del humor es más inocente de lo que te esperas. En Cataluña funcionan muy bien los juegos de palabras, quizá porque tienen dos lenguas. Muchos catalanes luego vienen a Madrid y hacen chistes de juegos de palabras y no triunfan.

En general, el formato de cómico listillo que te suelta genialidades no existe porque nadie puede ser más listo que nadie, así que lo que aquí triunfa es el que hace de cateto porque hace sentir bien a la gente; ese es mi análisis social. Por ejemplo, en el círculo hipster de Malasaña a lo mejor escuchas a un cómico hacer un chiste de mecánica cuántica, así que el público más preparado puede pensar en valorarlo, pero el gran público empieza a pensar: «Mira el listo este; me va a venir a hablar de física». Y eso sin arriesgar, porque yo hace poco grabé un monólogo para Comedy Central y hubo un chiste que lo sacaron en redes y se me echó todo el mundo encima, sobre todo de asociaciones feministas. Todo fue por el siguiente chiste: una conversación entre un chico y una chica: «—¿Anoche fingías? No, estaba dormida de verdad». A mí eso me hace muchísima gracia y en las redes me estaban llamando hasta violador cuando es un típico chiste sobre un matrimonio en el que ya no hay pasión. Si se te etiqueta de violador, la gente ya ve barra libre para llamarte lo que sea. Hace 20 años me hubiera preocupado, pero ahora con 40 años me la pela un poco.

 

¿Sobre qué cosas no se puede bromear en España?

J: Pues en realidad bromear sobre enfermedades está muy mal visto, y eso que se supone que tenemos una buena Seguridad Social, pero siempre hay alquien que dice «Pues yo conozco a alguien que tiene esa enfermedad y no me ha hecho gracia».

Por otro lado, a nivel político nos hemos saturado, sobre todo por estos 40 años de democracia, imagino que como reacción a una época en la que no se podía aunque lo intentaban publicaciones como La Codorniz. Actualmente estamos volviendo a esos tiempos porque siempre puede haber cualquiera que te diga que «Esto ofende los derechos constitucionales de los bizcos», y a la cárcel con los titiriteros. Nos hemos vuelto un poco locos con eso.

 

¿Tiene límites el humor?

J: No debería, pero tiene, y depende del sitio. Hace poco hablé con un cómico que actuó en Dubai, en uno de estos sitios de lujo, pero si tú supieses las condiciones que tiene un cómico para actuar allí… Además, como no lo cumplas te juegas la cárcel o la vida.

 

También me refería a espectáculos que se venden como humor pero que acaban rozando el Código Penal, como el del famoso Caranchoa.

J: Yo creo que una condición indispensable es que sea gracioso. Si vas a por alguien anónimo que está trabajando y le das una colleja, pues lo mismo te llevas otra. Y ¿qué vas a decir? «Es que estaba grabando para mi sección de collejas en Youtube». Pues eres idiota y el que debería ir a la cárcel eres tú. Además, dentro del humor siempre hay cierta justicia. Reírse de alguien que lo está pasando mal o está currando no es de recibo. Por ejemplo, no sé si conoces a Remi Gaillard: es un tío que de repente se viste de mariposa y le quita la gorra a un policía, y luego lo reducen. Pero tiene los huevos de ir a la policía, no a un mensajero que puede tener problemas en el curro por tu culpa.

A nivel político, por ejemplo, yo siempre he estado en la oposición. Cuando gobernaba el PSOE, me metía con ellos y me relacionaban con el PP. Imagínate lo que supone eso en el mundo artístico en España. Y ahora que gobiernan los otros, me achacan lo mismo. Es algo muy difícil de entender para mucha gente.

 

¿Es el humor un arma contra el poder?

J: Sí, pero en España a veces se ha utilizado más bien como analgésico. A pesar de que ha habido una injusticia muy grande, como salen muchos chistes al respecto, nos lo tomamos a broma.

 

La obra cumbre de la literatura española es El Quijote, que en realidad se trata de una parodia de las novelas de caballería. ¿Es España un país especialmente receptivo para el humor?

J: Yo creo que es muy receptivo. Creo que necesita el humor como el comer. En muchas cosas es un pueblo sometido que no toma las riendas de su país, así que la única consolación que tiene muchas veces es el humor. Parece que se lleva mejor el estar puteado de esa forma. En los países mediterráneos en general sucede eso. Se critica al poder pero con cuidado. Sin embargo, en el norte también le echan más huevos. De repente te aparecen revistas como Charlie Hebdo, que critican el yihadismo.

 

¿Cuál es la situación del humor en España?

J: Creo que está empezando a tener un poco de salida. Por ejemplo, en EE.UU. los cómicos más liberales están a años luz de los que protestan por la comedia. En España estamos empezando a coger esa especie de distancia. Hay cómicos que están empezando a decir que no van a dejarse amedrentar por toda esta corriente de pensamiento clásico, que no se puede ofender a nadie. Poco a poco iremos viéndolos más en televisión.

 

¿Qué te parece La vida moderna? A mí me parece un programa que continuamente trata de explorar los límites del humor.

J: Cuando empecé a ir al Triske, yo recuerdo que Ignatius siempre iba buscando sus propios límites y recuerdo que a veces era infumable: se tiraba 40 minutos y lo único que conseguía era que se mosqueasen dos o que alguien quisiera pegarle. Yo siempre le he valorado ese valor que le ha echado a la profesión, el utilizar el micro para remover a la gente. Ahora que está empezando a hacerse más mediático me parece un triunfo de la comedia española que se le dé cabida a un cómico que nunca sabes por dónde te va a salir. Es necesaria esa mezcla de surrealismo y lo incisivo.

 

¿Ves que haya algún otro cómico que esté despuntando?

J: Gracias al Madrid Comedy Club, he podido ver empezar y crecer a muchos cómicos, lo que me hace bastante ilusión. Gustavo, por ejemplo, me gusta mucho. Me siento muy identificado con su humor. Por otro lado, Fernando Moraño y Danny Boy Rivera son de mis favoritos entre los cómicos que tengo más cercanos. De hecho, ellos han presentado la gala del 10ª aniversario del Madrid Comedy Club.

 

¿Es Madrid el único sitio en el que se puede triunfar con el humor en España?

J: Ahora se puede desarrollar comedia en muchos puntos, pero si quieres dar el salto a la comedia solo tienes Madrid y Barcelona.

 

También introduces música en tus shows. Te gusta cantar rock ‘n roll. ¿Qué aporta esto a tu espectáculo?

J: La música, junto a la comedia, es mi gran pasión. Siempre he tenido algún grupillo. He pasado por distintos géneros. Grabé un disco de blues. Además, conocí a Javier Vargas y grabó algunos solos de guitarra conmigo. Me fui con él de gira. Fue mi año de blues a tope. Ahora mismo, sin embargo, estoy en un cuarteto de jazz. Hemos grabado varios temas con mi grupo y a lo mejor este verano estoy con una big band de músicos, con temas así rollo Sinatra. Es algo que me hace ilusión hacerlo para mis amigos, porque siempre he intentado evitar la tele. El primer año que grabé esos cinco monólogos, como la gente tenía la tarjeta pirata de la Paramount, me vio un montón de gente. Hubo un monólogo que llegaron a emitir en Navidad unas nueve horas y pico y, cuando iba por la calle, un par de personas me reconocieron y no me moló la idea. También es verdad que yo vengo de la influencia de que mi primo es Santiago Segura. Imagínate cómo he vivido yo su evolución con la fama y a mí mi primo me ha definido la fama varias veces como una enfermedad. Igual que cuando tienes mal el hígado tienes que cuidar lo que comes, cuando eres famoso tienes que aprender a vivir con ello, a pesar de todos los beneficios que te pueda dar, así que he tratado esquivar la fama.

A mí me encanta empezar mis espectáculos preguntando :«¿Quién me conoce?», y cuando no me conoce nadie me quedo muy relajado, y siempre digo de coña: «Eso es que funciona el programa de protección de testigos y puedo empezar una nueva vida en Madrid». Tampoco tienen prejuicios sobre ti así que disfrutas de que te conozcan por primera vez.

 

¿Dónde te podemos ver actuar?

J: En realidad, poniendo «Madrid Comedy Club» en las redes se pueden ver todos los sitios en los que estamos. Normalmente estamos los lunes en el Hebe, en Vallecas, los martes en El intruso, en Chueca, y los fines de semana estamos en el Agrado Cabaret.

 

¿Proyectos futuros?

J: Estoy colaborando con Eddie Izzard: es un cómico británico muy clásico. Le estoy ayudando a adaptar sus textos al castellano para España y Latinoamérica. Es un proyecto que me hace mucha ilusión porque incluso se barajó la opción de que viajase a Latinoamérica con él de telonero. Por otro lado, mantener el Madrid Comedy Club, que es algo que requiere mucho trabajo.

 

Podéis encontrar al artista en:

Twitter: @MadridComedyC


Autor: Daniel Soler

Fotografías: Andrea Cay

Corrector: Paquibel Sánchez Rueda

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s